viernes, 17 de septiembre de 2010

Un cuadro

"Sin pan y sin trabajo" de Ernesto de la Cárcova



No lo despiertes,
dijo ella como hablando con su alma,
el niño duerme...
Y lo envolvió nuevamente,
con el marrón cansado de sus ojos.

La mañana tembló como un vuelo de palomas,
lo acunó arropando su esperanza,

el niño duerme, repitió como un susurro.
tembló su vientre como un presagio.

Él dijo, no, no está dormido,
y detuvo su voz en un silencio amargo.

La luz en la ventana no se atreve
a perturbar el sueño de mi niño,
recitó como un rezo la mujer.



Él puso una mano en la mesa,
el puño se cerró como en un grito,

sus ojos también cansados
interrogaron al cielo,

al rayo de sol en la ventana,
a la ciudad remota,

al Dios ausente de ese día,
de esta muerte pequeña...

Y calló, repitió el silencio,
la fatiga, la queja muda...

Ella siguió acunando,
meciendo suavemente el cuerpo inerte,
quieto...

Y él no pudo romper el velo,
gritar su grito,
llorar su sangre,

y decir... muerte...

sábado, 18 de abril de 2009

Detrás de una puerta II

Fotografía: Pedro M. Martínez. Director de la Revista Almiar (Margen Cero)

Me quedé mirando silenciosamente la puerta sin atreverme a trasponerla. Hacía tanto tiempo que esperaba este momento y ahora que podía ver lo que había detrás, dudaba.
Escuché ruidos en el interior, murmullos y pasos apurados. Alguien se acercaba e intentaba abrirla. Retrocedí unos pasos y me quedé clavada en el piso, sin poder ni siquiera parpadear.
La puerta crujió, se movió un poco, finalmente se abrió...

Allí estaba la tía Sara, la que me estará esperando seguramente en un lugar de Orense. La que dejaron mis abuelos para venir a la Argentina y nunca más volvieron a ver. La tía Sara que me escribe con letra apretada y temblorosa y que no entiende, nunca entendió, por qué la separación. Por qué nunca pudo abrazar a mi madre...

Alguna vez, Galicia, podré cruzar el umbral de esa puerta...

Detrás de una puerta I

Paul Cèzanne

El "fru-fru" de las enaguas precedía su llegada.
La seda rozaba el marco de la puerta y el perfume de jazmines inundaba la habitación. El último rayo de sol se había quedado atrapado en la cortina de terciopelo, y Miranda una vez más se sentó a un lado de la ventana a esperar el anochecer.
Sus ojos se cerraron en un parpadeo nervioso y su mano estrujó el papel que guardaba debajo del almohadón de pluma.
Él no volvería, de eso estaba segura, pero si era así, por qué no podía dejar de esperarlo...
Un soplo de aire enfrió su espalda y una mano leve como un ala pareció apoyarse sobre su frente.
El aroma del tabaco y la tierra del camino llegó hasta ella...

La mañana la encontró quieta, muy quieta, con la vista fija en el pasado y una sonrisa en los labios...


domingo, 29 de marzo de 2009

Teresa y los espejos


La casa estaba poblada de espejos. Los había de todos los tamaños y formas imaginables y estaban dispuestos de manera arbitraria en las paredes, puertas, sobre los muebles, en los rincones y aún dentro de la cocina. Nadie se ocupaba de limpiarlos, de modo que habían adquirido el velo inequívoco que otorga el tiempo a los objetos que se empeñan en desafiar su paso. Algunos habían perdido, además, parte del plateado transformándose en verdaderos laberintos de manchas y apenas reflejaban la luz escasa que entraba por las ventanas.
Teresa no los miraba nunca, a pesar de que no podía ignorar su existencia, y pasaba rápidamente a su lado, como temiendo quedar sujeta en alguna de las imágenes de su rostro, que la observaban desde cada uno de ellos. Ese día, como todos los días, deambulaba por la casa recorriendo los pasillos, arrastrando las viejas chinelas y el ajado vestido de tela hindú, resabio de sus épocas juveniles, que casi colgaba de su cuerpo rozándole los tobillos. Cuando pasaba por la sala se quedó un momento mirando el suntuoso piano de cola, ahora oculto bajo un manto de polvo, cubierto de pequeños ramilletes, que dibujaban un encaje desparejo sobre su superficie y no eran otra cosa, que las innumerables huellas que habían dejado sobre él las patas de la vieja gata siamesa, que dormía indiferente su eterna siesta en una butaca destartalada. Se dirigió a la cocina con la decisión de quien cumple con un ritual ineludible. El ambiente tenía el mismo olor acre que el resto del caserón; esa mezcla de humo de cigarrillo, café recalentado, muebles viejos y falta de ventilación se había impregnado también en la ropa y hasta en la piel de la mujer.
Buscó un fósforo y con trabajoso ademán encendió una hornalla; puso a calentar la cafetera tiznada que comenzó a chirriar con el calor, mientras el café volvía a hervir por enésima vez. Se sirvió una taza, encendió un cigarrillo y se dirigió al estudio. Allí estaban sus telas, sus pinceles, sus pinturas y un sillón de gran respaldo que alguna vez había sido verde, o tal vez azul, sí era azul y tenía tachones dorados y grandes borlas y un suave y mullido almohadón de plumas de ganso que su padre había encargado junto con el sillón.
Un mechón de pelo se había soltado del maltrecho peinado con que había pretendido ordenar su pelo esa mañana. No había forma, sus manos temblaban y las horquillas se clavaban en el cuero cabelludo lastimándolo, pero la mata áspera y desteñida en que se había convertido su cabeza no quería responder a las exigencias de ningún peine. Tampoco le importaba demasiado, era un gesto mecánico aprendido hacía mucho tiempo cuando su madre insistía en cepillar su cabello dorado todas las noches. Ahora terminaría el cuadro, se lo había propuesto firmemente. También se lo había propuesto firmemente el día anterior y el otro y la semana pasada y...
Hoy lo terminaría, estaba decidido. Teresa tomó uno de los pinceles y un trapo endurecido por la pintura reseca e intentó limpiarlo. El pincel también estaba endurecido y sus cerdas se habían doblado tomando una posición curva y obstinada. Buscó el solvente, la lata estaba destapada, la sacudió en vano, no había ni una gota. Después buscó los pomos de color que estaban desparramados sobre una mesa, retorcidos, como pequeñas serpientes sin vida. Los apretó uno por uno y tuvo que admitir que la pintura se había secado. Tal vez mañana, si decidía salir, compraría solvente y quizás también algún pincel nuevo y dos o tres pomos de color. Sí era mejor dejarlo para mañana, se dijo, olvidando que el día anterior había pensado lo mismo. Salió de la habitación y cerró la pesada puerta que se quejó lastimeramente, espantando al gato negro que se refugió detrás de la cortina del pasillo presintiendo alguna posible catástrofe.
Encendió otro cigarrillo que quedó colgando de su boca balanceándose peligrosamente al ritmo de su caminata. Entonces recordó que los espejos la miraban, en el pasillo era peor porque los tenía más cerca, era necesario apurarse y llegar al dormitorio, allí estaría a salvo, pensó.
Apuró el paso tropezando con un trozo de alfombra persa apolillada que asomaba de una de las habitaciones. Casi corrió, como pudo, sorteando todas las puertas que permanecían cerradas, porque uno nunca sabía cuándo se podían abrir repentinamente. Llegó a su cuarto y sintiéndose a salvo cerró la puerta y se sentó en el borde de la cama, agitada, a recuperar el aliento. En ese momento una idea la sobresaltó, detrás de la puerta había otro espejo más, tendría que dejarla abierta para no verse reflejada en él. Se levantó y rápidamente abrió con los ojos cerrados una de las hojas. Regresó a sentarse y buscó debajo de la almohada un álbum de tapas de cuero con letras que habían sido doradas en su tiempo, y despacio comenzó a dar vuelta las hojas. Una tras otra fueron apareciendo las viejas fotos amarillentas que construían su historia pasada. Su padre y su madre cuando se casaron. Sus hermanos jugando en el jardín junto a la fuente. Una cena familiar. Su fiesta de 15. El jardín iluminado en una Navidad. Unas vacaciones en el mar. Su primera exposición de pintura...
Cerró el álbum violentamente y lo volvió a poner debajo de la almohada. Se quedó inmóvil durante varios minutos, el último cigarrillo que había encendido se consumía dejando caer las cenizas sobre la falda arrugada, que también ostentaba varios orificios producidos por las brasas que solían caer sobre ella.
Repentinamente se levantó, era la hora de la próxima recorrida. Ahora debía ir hasta el comedor, se dijo, ése era el tramo más peligroso porque los espejos se enfrentaban unos con otros, multiplicándose hacia el infinito y era muy difícil eludir sus imágenes engañosas que podían confundirla para siempre.
Ella sabía muy bien lo que ellos pretendían y no iba a permitirlo de ninguna manera. Así estaba bien, así estaba bien..., se decía mientras comenzaba a apurar el paso arrastrando la suela casi inexistente de las chinelas, hasta llegar a la puerta. Esperó unos segundos allí y salió al corredor, no sin antes cerrar rápidamente la hoja que había quedado abierta. Ya con los que había afuera (los espejos, claro, no quería nombrarlos) era suficiente, no era necesario que se escaparan los de su dormitorio.
Se encaminó hacia la amplia habitación que había sido el comedor de la familia, pasando primero por la cocina donde la cafetera humeaba consumiendo la última gota de café que había quedado en ella. Tomó la taza que se le pegaba entre los dedos, volcó en ella el contenido de la cafetera y siguió su camino. Se detuvo antes de entrar, calculó los pasos que había hasta la amplia puerta ventana que daba al parque, tomó impulso y dando pasos cortos pero rápidos llegó sin mirar hasta el otro extremo, abrió la puerta y salió. Ahora estaba a salvo, miró a su alrededor, tendría que ocuparse un poco las plantas, pensó, y comenzó a acomodar de menor a mayor un sinnúmero de latas grandes y pequeñas oxidadas, abolladas, con restos de barro en su interior, que cubrían la terraza que separaba la casa del jardín. Sus manos iban y venían con movimientos ágiles y precisos, escarbando, apisonando, quitando hojas, cortando flores, regando y abonando imaginariamente los inútiles recipientes de su locura.
Ya no había plantas, ni flores, ni siquiera césped. El maravilloso jardín de otros tiempos, que despertaba la admiración de todos los que visitaban la casa, se había transformado en un páramo desierto en algunos sectores, y en otros una verdadera selva iba cubriendo los pocos vestigios restantes de una época dorada y señorial.
Se estaba haciendo de noche y ella seguía con expresión embelesada moviéndose entre esos viejos testigos como un duende tragicómico y patético.
Agotada por su febril actividad, decidió volver a entrar, ya más tranquila, porque de noche y en la oscuridad (nunca encendía las luces) los espejos no podrían verla. Se sentó junto al ventanal y se quedó mirando el cielo estrellado escuchando la suave música que de algún lugar de su memoria surgía a esa hora llevándola otra vez a los años de su juventud, cuando esos ambientes ahora lóbregos y saturados de olor a humedad, se transformaban en salones luminosos donde se lucía toda la sociedad de la época, en veladas inolvidables de raso y terciopelo, de jóvenes elegantes y muchachas espléndidas que bailaban al compás de la magnífica orquesta los ritmos que imponía la moda. Durante esas noches de vigilia también se remontaba a los viajes, a países remotos y exóticos que tanto la habían fascinado. Grecia, Egipto, Japón, India, a su padre le gustaba viajar y la llevaba con él siempre que podía. Ella volvía de esos recorridos llenos de misterio con la mente cargada de colores y paisajes que después plasmaba en sus pinturas.
Así estaba bien, así estaba bien, repitió para sí misma como una letanía...
Siguió viajando al interior de sus recuerdos hasta el alba, en ese momento la claridad que comenzaba a insinuarse en el horizonte le mostró brevemente la realidad que la rodeaba. No existía el jardín, el gran ventanal era apenas un esqueleto desprovisto de cristales, los muebles del comedor habían desaparecido en su gran mayoría, solo quedaba el sillón desvencijado, un viejo aparador y los espejos que cubrían las paredes. Las cortinas eran apenas unos trozos de tela deshilachada y amarillenta y el viejo piso de madera carcomido por la polilla ya no ostentaba el magnífico lustre de otras épocas. Se miró las manos y descubrió en ellas las huellas de la vida, recién entonces se dio cuenta de las uñas toscas y sucias, la piel reseca y arrugada, las viejas chinelas y el arrugado vestido de sus días de bohemia. Varias colillas de cigarrillo habían quedado junto a sus pies como pruebas del insomnio. Cerró un momento los ojos, respiró profundamente y volvió a buscar con la vista las estrellas que ya comenzaban a desaparecer.
La mañana la encontró así, mirando sin ver el cielo, mientras a sus espaldas su figura se repetía y multiplicaba una y otra y otra vez, infinitamente, hasta perderse en lo más profundo de los espejos del salón sin que ella pudiera hacer nada para evitarlo.

Un corto viaje


La luz pequeña que se colaba por la escalera enfocaba justo la puerta. No fue necesario llamarlo con insistencia porque apareció enseguida, puntual, con su porte robusto y su andar cansado, como quien viene de un largo viaje. Titubeó unos minutos, se balanceó levemente al llegar frente a mí, y se detuvo, paciente, esperando que yo llegara hasta él y me dejara rodear por su figura austera y casi paternal.
Me dejé estar, como suspendida, mientras iba repasando las últimas semanas. Un vértigo, ésa es la palabra justa, me dije, un vértigo absoluto, excitante, lleno de adrenalina, mi cerebro no paraba de funcionar a ritmo sostenido, planeando, organizando, imaginando el momento final.
El primer lapso pasó rápidamente, casi no lo noté. Luego otro, otro y otro más.
Hasta que finalmente se abrió, como se abre ante nuestros ojos el camino en un día soleado, cuando por delante nos espera un sitio desconocido, pero lleno de promesas y soñado durante mucho tiempo.
Respiré hondo, revisé mi peinado y tomé con decisión firme el portafolio. Al fondo del corredor, me esperaban para la entrevista. La propuesta era la coordinación editorial de una revista que corrijo hace cuatro años... Mi respiración fue casi un suspiro... No había pensado en esta posibilidad, y ahora la vida me regalaba esta oportunidad.

Nunca es tarde, le dije, mirando su boca abierta que parecía estar esperando algo más, vos y yo podríamos haber sido descartados, en estos tiempos en que todo tiene que ser de última generación, sin embargo acá estamos, vigentes y seguros de nosotros mismos.
Lo despedí y comencé a caminar hacia mi futuro, mientras desde abajo alguien gritaba furioso: ¡Ascensoooor!

viernes, 9 de enero de 2009

Identidad

Bajó del tren y en forma mecánica se miró los zapatos. Estaban impecables aunque ese brillo satisfactorio duraría poco. En cuanto caminara unos metros, el polvo de las calles de tierra los dejaría opacos como en los viejos tiempos. Suspiró sin querer, pensando en la mirada de reprobación de su padre. Creía haberlo superado, sin embargo, bastó poner un pie en ese lugar, oler el aire seco, escuchar el silencio espeso que casi dolía en los oídos, para que en su cabeza todo volviera a ubicarse en el mismo sitio. Todo, sus miedos, su bronca contenida, el miedo al fracaso y, por fin, las ganas de irse, como en ese mismo momento. Ganas de darse vuelta y correr hasta la estación como ya lo había hecho una vez.
—¡Arreglate la corbata! ¡Ponete derecho! ¡Lustrate los zapatos! ¡Mirá lo que parecés!
Una tras otra las frases caían como sonoras cachetadas sobre su espíritu apocado.
—¡Esas son cosas de mujeres! ¡Dibujar, perder el tiempo, así no vas a llegar nunca a nada!
—¡Trabajar, romperte bien el lomo como yo, eso es lo que tenés que hacer!
Se fue, un día no aguantó más y se fue. Corrió hasta la estación, se subió al tren que ya se había puesto en marcha, y se bajó en la ciudad.
Apretaba bajo su brazo la carpeta azul como si en ella llevara la vida. En realidad era la vida, la que él quería, lo único que le importaba era lo que guardaba allí. La escondía en el ropero de su pieza para que él no la encontrara. Y sólo eso se llevó, la carpeta y los viejos lápices gastados.

Al final de la calle se veía la silueta de la casa, erguida, tozuda como su dueño. Recién cuando estuvo más cerca pudo ver las grietas, el moho, la pintura descascarada. Antes no era así. Él, su padre, Antonio, la blanqueaba con puntualidad todas las primaveras. Pintaba las persianas, las puertas, la verja, hasta dejarlas impecables. A fuerza de ser barrido hasta el cansancio, en el patio de atrás no crecía ni un miserable yuyo. La casa desentonaba con el resto del pueblo por esa extrema prolijidad casi irreal; no porque los demás no se ocuparan de sus casas, sino porque era una tarea ardua y casi inútil intentar que el clima no dejara sus secuelas. Cuando en la primavera el paisaje comenzaba a pintarse de verde, solía soplar un viento seco que levantaba nubes de polvo que se depositaban sobre todas las cosas. En el otoño llegaba la época de las lluvias y con ellas las inundaciones, entonces la humedad hacía estragos, brotaba de los pisos y de las paredes manchando los esfuerzos y las blanqueadas, crecían las napas y las chacras se convertían en lodazales. En invierno el frío era intenso y constante, entonces había que recurrir a las viejas salamandras o los hogares de leña para tratar de entibiar las enormes habitaciones heladas. El resultado era humo, cenizas y más humo. Todo se impregnaba de ese olor, la ropa de cama, los viejos roperos, todo. Si llovía mucho, el barro entraba por la puerta, como un visitante molesto, transportado por los dueños de casa y por las visitas. En fin, el trabajo era interminable, todo costaba mucho esfuerzo y las voluntades a veces flaqueaban y terminaban por acostumbrarse a convivir con el polvo, el barro y la humedad.
A Sebastián no le molestaban esas cosas, pero “él”, en cambio, no las soportaba. Cuando lo recordaba después de haberse ido, ya en la ciudad, no dejaba de preguntarse por qué vivía todavía allá si no estaba a gusto. Al contrario, era evidente que detestaba ese lugar y sus incomodidades. Parecía hacerlo por una especie de desafío a sí mismo que se había impuesto vaya uno a saber por qué. Tenía que permanecer en ese pueblo, no importaba el precio que tuviese que pagar y, evidentemente, el precio era alto, no ser feliz, no tener un solo día de alegría. Quizá simplemente pretendía mantenerse inamovible, detenido en ese lugar, por la simple razón de haber decidido un día vivir ahí. Esa era su característica y de lo que se vanagloriaba; cuando tomaba una decisión, era para siempre.
Tal vez, por eso descargaba contra él, contra su hijo, toda la furia contenida por su frustración y exigía una conducta que no estaba dentro de las capacidades de Sebastián lograr algún día. No era fuerte, no lo había sido nunca. No por lo menos como lo pretendía “él”. Mimado por su madre, malcriado según el padre, ella fomentaba sus inclinaciones artísticas y siempre encontraba la manera de que eludiera las tareas que Antonio le mandaba. Así, cuando ella murió, se quedó muy solo y desprotegido, como desnudo en el medio de una tormenta; y esa tormenta era el carácter insoportable, los mandatos, los reproches, las críticas de “él”. No lo llamaba por su nombre, tampoco le decía papá, era “él” a secas.

Se quedó un largo rato parado frente a la casa, tratando de descubrir algún rastro de esos cuidados que la habían mantenido intacta durante mucho tiempo. Nunca se imaginó que la vería así. Se mantenía erguida pero a la vez parecía vencida, o era una impresión suya. Vencida como “él”, se dijo. Cruzó la verja y recorrió el patio hasta llegar a la puerta trasera. En ese lugar el silencio era todavía más espeso. Abrió el mosquitero y entró a la cocina. Un desagradable olor de aceite le golpeó el rostro y le recordó el primer olor que percibió al llegar a Buenos Aires, el del aceite quemado de las fritangas que cocinaban en los puestos de la estación de tren.

La estación de Retiro lo sorprendió, nunca en su vida había visto tantos trenes, tanta gente, tanta vida, pensó. Salió a la calle y el torbellino de colectivos que iban y venían lo aturdió. Caminó hasta la avenida, cruzó y fue en dirección a la plaza San Martín. Se sentó en un banco y se quedó allí hasta que comenzó a oscurecer. Quieto, muy quieto, concentrado en sí mismo, como si recién se diera cuenta de lo que había hecho. No podía volver atrás, ya estaba aquí y aquí se iba a quedar. Su madre siempre le hablaba de la ciudad, ella había nacido en un barrio porteño y se veía que añoraba su lugar. Ahora Sebastián estaba aquí y se le ocurrió pensar, a modo de consuelo, que era como estar con ella otra vez. Caminó varios días y varias noches, dio vueltas sin rumbo, pensando y pensando. Nunca había tenido tanto tiempo para pensar, siempre los gritos de Antonio lo sacudían, lo sacaban violentamente de los ensueños donde se refugiaba su espíritu.
No era fuerte, no era decidido, era un inútil, no tenía voluntad... eso pensaba antes. Ahora se preguntaba si era realmente así. Había tomado las riendas de su vida, se había ido de ese lugar de opresión, había podido. Quizá no era tan débil como pensaba.

La cocina comunicaba con el comedor y a continuación estaban los dormitorios y el baño. El aire viciado, cargado de humedad y la oscuridad dominaban el lugar. Las persianas se habían oxidado y era evidente que hacía largo tiempo que nadie las abría. Miró uno a uno todos los objetos, el viejo reloj de pared, la frutera de vidrio sobre la mesa, los muebles. Entró en el dormitorio de su padre. También allí todo estaba en penumbras, apenas iluminaba un rincón un viejo velador sin la pantalla. La cama estaba desordenada y entre las sábanas arrugadas vio la cabeza calva con algunos mechones de canas, el rostro huesudo y el gesto adusto que la enfermedad y el sufrimiento parecían haber acentuado. Tuvo una sensación desagradable mezcla de náuseas y una profunda pena que lo obligó a salir del cuarto. El crujido del piso de madera bajo sus pasos despertó al hombre de su letargo, y con voz apagada preguntó: Herminia, ¿sos vos?
Así que la llamaba, así que se acordaba de ella, nunca más la había nombrado, no por lo menos delante de Sebastián. Ahora, enfermo, acabado, vencida para siempre su arrogancia, reclamaba su presencia. Herminia era su mujer.
Sebastián no contestó, salió al patio y se sentó en el banco de madera junto a la bomba. Movió la palanca varias veces dejando salir el agua y luego se mojó las manos, la cara, el pelo como cuando volvía de sus excursiones por el campo.
Al cabo de un rato llegó una mujer que iba todos los días a ocuparse de darle de comer al viejo y de algún modo intentaba mantener cierta limpieza en la casa. Ella lo había hecho llamar porque según el médico a su padre le quedaba poca vida.
No quería volver, pero finalmente se dijo que nada iba a cambiar porque fuera unos días al pueblo.

Después de pasar varios días vagando por la ciudad, una mañana de sol, sentado en un banco de plaza San Martín, adonde siempre volvía, pensó que era hora de poner un rumbo, tenía que decidirse a hacer algo por él mismo. Buscó trabajo, caminó días y más días sin resultado. No tenía muchas habilidades salvo el dibujo. Entonces consiguió que lo tomaran como cadete en una empresa. Trabajó mucho, gastaba su escaso sueldo en comer, cambió de trabajo varias veces, y los fines de semana iba a la plaza, se sentaba en el banco de siempre con su carpeta, y dibujaba. Así lo conoció a Pablo una tarde de otoño, una de esas tardes que tanto le gustaban, cuando el viento barría y amontonaba hojas doradas en los canteros, cuando la luz que se colaba por entre las ramas de los árboles tomaba una tonalidad bronce y el verde se tornaba más oscuro después de las lluvias repentinas.
Pablo vivía en el centro. A Pablo le gustaron sus dibujos, se detuvo a mirarlos, se sentó a conversar con él, lo invitó a tomar un café, y comenzaron a encontrarse como por casualidad todos los domingos en plaza San Martín.
Un día, Pablo lo invitó a comer a su casa, tenía un departamento espléndido, de esos antiguos con escaleras de mármol, techos altos y pisos de parquet. Otro día lo tomó por el hombro mientras caminaban por Florida. Más tarde, con la naturalidad que había aparecido en su vida, lo llevó a su cama. Sebastián se dejó llevar, sabía que estaba eligiendo, por segunda vez en su vida, y no dudó.

La mujer salió al patio, lo miró un largo rato y finalmente se acercó para decirle que su padre preguntaba por él. Volvió a mirarse los zapatos y pensó que el momento había llegado. Lo vería por última vez antes de morir, era casi un acto piadoso. No lo había llevado de vuelta el afecto, solo un leve sentimiento de piedad por un ser que iba a dejar de vivir y había reclamado su presencia, en un último gesto incomprensible para Sebastián. No había olvidado sus humillaciones, eso no, no las podría olvidar nunca, más aun, las había refrescado en su memoria desde el mismo instante de sentarse en el tren para volver al pueblo. Dejó esos pensamientos por un momento y volvió a decirse a sí mismo, adelante, es la hora.
Entró en la casa, se detuvo en el comedor para mirarse en el espejo. Empujó la puerta de madera y se sumergió otra vez en la oscuridad del cuarto. Los ojos helados del enfermo se esforzaron por observarlo con minuciosidad. Sebastián se acercó a la cama y se quedó allí, inmóvil, mirando el rostro casi desconocido como esperando una respuesta. El viejo hizo un gesto y Sebastián irguió su cuerpo como antes. No había nada por decir porque había demasiado y ya no era tiempo. La mano blanca surcada de venas oscuras y cubierta por una sutil capa de piel transparente y apergaminada, se agitó levemente. El hombre joven, se acomodó la corbata. Por último la cabeza calva se levantó y dirigió la vista hacia el piso al costado de la cama, justo donde estaba parado Sebastián. Se quedó mirando hacia ese lugar unos segundos y recién entonces un gesto de aprobación pareció inundar el rostro seco. Una voz gastada y temblorosa murmuró: muy bien, muy bien… Después de eso, murió.

Roberta llora en el subte

Una escalera, otra, una fila, la tarjeta magnética, seguir caminando, correr hacia el tren antes de que la puerta se cierre, sentir en la cara el aire caliente que circula veloz dentro del túnel, buscar un asiento y comenzar el ejercicio de siempre. Ojeo un rato la carpeta que llevo conmigo para estas ocasiones, leo todos los carteles de propaganda, miro el letrero que anuncia la próxima estación y al llegar, sube Roberta. Se sienta frente a mí y, con esa costumbre que tanto me critican, la observo despacio, de pies a cabeza tratando de disimular, lo que me resulta bastante difícil. Es delgada, vestida con... podría decirse austeridad, casi con pobreza y con mucha pulcritud. Me detengo en su pelo; es largo, algo ondulado, canoso, muy canoso, sin llegar a ser blanco, pero con una cantidad de hebras plateadas que contrastan con el resto del cabello oscuro. Si uno la viera de espaldas pensaría que se trata de una anciana, pero no tiene arrugas. Su piel es lisa y blanca, muy blanca, y no usa maquillaje. Se queda un rato con la mirada clavada en una ventanilla y de pronto sin mediar transición que nos haga esperar o suponer lo que puede suceder, se echa a llorar con desconsuelo, las lágrimas brotan de sus ojos como verdaderas cataratas y todo su cuerpo se sacude espasmódicamente mientras mira hacia el suelo en un intento vano de ocultar el llanto. Después de varios minutos, saca un pañuelo de su bolso de loneta blanca, y se seca la cara despacio, con minuciosidad. No quedan en ella rastros, su expresión vuelve a ser la misma que hace un rato. No se percibe una expresión angustiada ni preocupada, no hay rictus ni gestos que denoten sufrimiento, solo una especie de pasiva resignación. Pasan otros minutos más y después de dos o tres estaciones la situación vuelve a repetirse exactamente igual; el llanto de abundantes lágrimas, los movimientos espasmódicos, y, finalmente, el secado prolijo y exhaustivo del rostro. La expresión de los ojos es lavada, no están enrojecidos, tampoco su cara nos habla de ningún avatar reciente. Todos los interrogantes están planteados, pienso. Por un momento tengo ganas de levantarme de mi asiento y preguntarle qué le pasa. Después me digo que lo más probable es que se sienta avergonzada por mi intromisión. Cuando estamos en un estado de ánimo que nos provoca llorar con ese desconsuelo, seguramente no queremos que una extraña nos venga a abordar interesándose por nuestro sufrimiento. O sí, nunca se sabe. Hay gente que está inmersa en una soledad tan profunda que quizá agradezca que alguien desconocido le diga una palabra, pero ¿cómo saberlo? Cómo evitar que el sufriente sienta que lo están invadiendo en su intimidad a pesar de que él de alguna manera la está exponiendo al echarse a llorar en un lugar público. Cómo evitar que se ponga a la defensiva y acabemos expulsados y desairados merecidamente por nuestra falta de prudencia. Es que, se me ocurre pensar, algunas veces nos sumergimos tanto dentro de nosotros mismos que nos parece que estamos solos en el mundo, y que, además, somos invisibles a los ojos de los demás. Nos sentimos tan minúsculos y poco importantes que no imaginamos que alguien pueda interesarse en nuestro pesar. Me sigo haciendo preguntas y dudando: ¿qué me produce ser testigo involuntaria del llanto de Roberta? ¿En realidad estoy conmovida y siento la necesidad de ayudarla o simplemente es morbosa curiosidad? ¿Cómo separar estos sentimientos o estas sensaciones que casi siempre vienen tan juntas, tan de la mano que no podemos separarlas? ¿Qué es lo que nos hace detener el paso frente a un accidente, o a una persona que se descompone en la calle? ¿Es piedad, es solidaridad, o es ese morbo, esa cruel fascinación que nos lleva como un imán a quedarnos absortos contemplando la desgracia ajena como quien mira un espectáculo, esperando ver todos los detalles sangrientos? Si no tuviéramos esa condición o esa tendencia, no se explicaría el éxito, por llamarlo de algún modo, de las malas noticias, que venden cifras récord de periódicos, o suben repentinamente el rating de los noticieros. No me decido. Dudo una y otra vez mientras el tren sigue su camino en la oscuridad; finalmente en la estación José Hernández, Roberta se baja, seguramente harta de mis indecisiones o totalmente indiferente a ellas, ni siquiera me mira, se baja y sigue su camino en calma, como si nada, rumbo a su vida.

II 
Roberta llora en el subte todos los días. Llora porque sí, porque no, porque tal vez. Llora y no le importa que la miren, que la vean bajar la cabeza y dejar brotar lágrimas sin medida, sin ton ni son. No le importa mojarse la cara y que las gotas caigan sobre el planchado pantalón vaquero con raya y todo. El vaquero no se plancha con raya pero no importa, ella le hace raya igual, y no le importa. Tampoco le importan sus canas, y tiene muchas. Tampoco le interesa usar otra cartera que no sea la vieja bolsa de lona color crudo, pasada de moda. El saco gris, tejido con lana gruesa, experto en inviernos desapacibles, ya acumuló una buena cantidad de pelotitas apelmazadas, pero, ni siquiera eso puede alterar el llanto de Roberta. El viaje dura lo mismo de siempre, dos o a lo sumo tres accesos de llanto, no más. No puede llorar cuatro veces porque pasaría de largo la estación en la que debe bajarse. Y no es lo mismo bajarse en José Hernández que en Juramento. Cuando sale a la luz de la calle, su cara está completamente seca y deberá guardar otro poco de lágrimas para el regreso, y otro poco para el día siguiente. Entonces, caminará despacio una cuadra, dos, tres, hasta llenar seis cuadras con sus pasos. Interrumpirá su siembra de huellas pequeñas justo en la entrada de la casona gris, tocará el timbre, y la misma enfermera de uniforme almidonado de todos los días la recibirá con una sonrisa breve. Subirá las escaleras de mármol hasta el primer piso, respirará hondo, observará un instante la figura que permanece inmóvil junto al ventanal, entrará en la habitación y dirá como todos los días: —buen día Manuel. Sólo el silencio será la respuesta, no habrá un signo que le diga que él la está escuchando. Se acercará despacio, pasará la mano por la cabeza casi calva, tomará el plato recién servido, y comenzará a intentar la tarea infructuosa de alimentar a ese ser sumergido en un pozo de ausencia infinita. Ya no lo reconoce, ya no sabe quién es, como tampoco sabe quién es ella. No puede pensar en el pasado, es como si nunca hubiese existido y es también como si toda su vida hubiera hecho simplemente eso, viajar en subte todos los días, llorar en dos o tres estaciones, darle de comer a Manuel y volver al pequeño departamento donde transcurren las horas de su pena. A veces, piensa que no lo debería llamar más Manuel, ése no es su nombre, ya no. Este hombre envejecido, consumido, de piel seca y ojos opacos no puede ser Manuel. Manuel no es ese montón de músculos y huesos inmóviles acomodados en una silla de ruedas frente a una ventana. En todo caso, tampoco ella es ella. No lo será nunca más. Una parte suya se perdió junto a la memoria de Manuel en ese laberinto donde se confunde el pasado y el presente. Termina el ritual de todos los días, le da un beso en la frente, y sale otra vez a la calle. Camina hasta la estación del subte, despacio, mientras siente apenas en su cara el aire fresco del otoño recién comenzado, que revuelve las hojas que se amontonan alrededor de los árboles.